Brevísima historia de un bígamo leonés (y II)

Habíamos dejado a nuestro amigo Isidro, imaginamos, celebrando su noche de bodas en El Castillo de las Guardas en 1777. Recordemos que aquel era su segundo matrimonio a pesar de que su primera esposa, de la que no se había divorciado, todavía estaba viva.

Pero era difícil mantener una mentira durante años. Diez años después de su segundo matrimonio, el 17 de septiembre de 1787, pasaron al fiscal, sin que conozcamos su parecer y la resolución definitiva de este expediente, los autos que se instruyeron a este bígamo leonés en el Arzobispado de Sevilla.

Retrocedamos en el tiempo un par de años. El 12 de septiembre de 1785, un decreto del Arzobispo de Sevilla ordenaba realizar una investigación para aclarar si, efectivamente, ante la demanda interpuesta por su primera esposa, Isidro Álvarez se encontraba casado con dos mujeres.

El decreto llegó a manos del bachiller Manuel José Morales, cura párroco, por aquel entonces, de Fuenteheridos, desde donde respondió al ordinario hispalense el 2 de octubre de dicho año. En su misiva, Morales decía que la contrayente era “cuñada del mismo Manzano, ventero de las ventas que llaman del Castillo [de las Guardas], más allá de la de Valdeflores, y que distan de la dicha villa del Castillo cerca de una legua, de la qual muger tiene un hijo llamando Ynocencio, de la misma edad que hace que se casó.” Sobre Álvarez decía que “habrá tres años o poco más que vino desde las ya referidas ventas del Castillo, donde residía de criado del mencionado Manzano, a vivir en el oficio de mesonero en la aldea de La Granada el mismo tiempo que estuve yo allí de cura, pero como me constaba haverse casado en el Castillo, creí que el cura que lo casó huviera echo todas las necesarias diligencias (…)”.

Al hilo de esto último, el bachiller Morales echaba balones fuera y cargaba contra algunos de sus colegas de profesión afirmando que la “depravada corruptela por estos pueblos de que para casarse los que no son parientes no hacen ni más justificación ni más prueba de libertad ni más pliego matrimonial que la simple palabra de decir los novios como están tratados de casarse y que no son parientes; con esto el cura los amonesta y, sin más ni más, los casa. Ahora, si un cura quiere cumplir con esta indispensable obligación, como a mí me ha sucedido y actualmente me sucede, dicen que eso no se ha hecho nunca; que es ambición del cura y gana de tomar dineros y así he tenido y tengo que sufrir la oposición y murmuración de las gentes (…)”.

A más de 700 kilómetros de Fuenteheridos, respondía D. Gabriel Álvarez Quiñones, presbítero, abogado de los Reales Consejos y cura párroco de Salientes, montaña de León y diócesis de Oviedo, al decreto del arzobispo de Sevilla que, a la sazón, era el arzobispo asturiano D. Alonso Marcos de Llanes. Daba la casualidad de que arzobispo y cura párroco se habían conocido en la Universidad de Oviedo antes de que el primero pasase a Salamanca, prometiéndose el segundo a buscar “el remedio de mi conflicto y de este infeliz feligrés.” Para ello, Álvarez-Quiñones tomó declaración a Teresa Álvarez, vecina de Salientes, quien se declaraba mujer de Isidro Álvarez, “ausente ya catorce o quince años”, y expidió copia de la partida de matrimonio, certificada en los primeros días de octubre de 1785 por los distintos escribanos de Babia y Luna: D. Baltasar Alejo Flórez, escribano del Rey, del concejo de Babia de Yuso y otras jurisdicciones; Nicolás Flórez, escribano del número del mismo concejo y del Ayuntamiento de la villa de Abelgas, “montaña del Reyno de León”; y Casimiro Prieto, escribano del número y ayuntamiento del Concejo de los Cilleros. Un mes más tarde, D. Francisco Romero Moreno, párroco de El Castillo de las Guardas, hacía lo mismo y remitía la partida del segundo matrimonio al licenciado D. Fabián de Miranda, pero lo hacía por un portador de su confianza por “no fiarme de naide [sic]”.

Con toda la documentación en Sevilla, se acordó que los autos pasasen al provisor y vicario para que diese la providencia oportuna y más tarde, como habíamos adelantado, al fiscal, sin que conozcamos el final de esta brevísima historia de este bígamo leonés.

 

Archivo General del Arzobispado de Sevilla, Fondo Arzobispal, Justicia, Palabras de casamiento, leg. 39.

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